Los juegos estéticos de Vladimir Cora

Sección:Cultura en México Fecha:21 julio, 2012
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Miguel Ángel Muñoz

En el veleidoso y convulso mundo del arte contemporáneo, pocas trayectorias han sido tan coherentes y serenas como la del pintor y escultor Vladimir Cora (Acaponeta, Nayarit, 1951), que se dio a conocer en la década de los sesenta y que, más de cuarenta años después, sigue a lo suyo sin que haya mermado el interés por lo que hace. En este sentido, habiendo fijado Cora su identidad artística inicial en una concepción analítica de la pintura, no ha dejado de evolucionar, en primer lugar, durante la década de los setenta, afrontando una dimensión más figurativa y barroca de lo pictórico, de atmósfera muy romántica, y, más tarde, durante la de 1980, depurando sustractivamente su lenguaje hasta transformarlo en una visión cada vez más, vamos a decirlo así, “concreta y sintética”. Cada una de sus obras es una aventura estética: encuentro y desencuentro. En realidad, desde hace más de diez años, Cora ha alisado la superficie pigmentada, no sólo convirtiendo las figuras y los gestos en apenas una impronta patinada, sino neutralizando los campos de color, que parecen como barridos cromáticos poéticos. La influencia que en este proceso ha tenido la experimentación de la escultura y de otros materiales, como las técnicas gráficas, y desde luego, el dibujo, ha sido clave para encontrar su propio territorio estético.

Dotado con una excepcional sensibilidad para la pintura, su trayectoria ha carecido de cambios imprevisibles y de sobresaltos. Por el contrario, ha conservado una identidad de fondo, que hace relativamente fácil la identificación de sus cuadros. En este sentido, su forma de trabajar la superficie y su riquísima materia, así como la reducción minimalista del motivo, que funciona con una manera silenciosa de ahondamiento, nos permiten relacionar armónicamente toda su evolución desde comienzos hasta su obra más reciente.

De todas formas, esta ruptura del Cora juvenil y maduro no afectó ni a su esencial vocación pictórica, ni a su natural querencia por atrapar lo que cada imagen tiene de “atmósfera”, lo que, en cierta manera, revela siempre a un “paisajista”, que no hay que confundir sin más con un pintor de paisajes. Ha sido, durante este largo proceso, silencioso y constante, obstinado y, sobre todo, lo suficientemente intenso como para plantearse su quehacer, al cabo de los años, siempre como un principio, un recomenzar, que da frutos, cada vez distintos, o, por qué no, cada vez más distinguidos.

Los cuadros pintados en un periodo que abarca de 1982 a 2012, que ahora exhibe bajo el título de Líneas del tiempo, son, por de pronto, el fruto maduro de una decantación, con sus colores atrevidos y brillantes, pero de tenue y refinada palpitación luminosa. La composición es sencilla y nítida: campos de color contrastados, pero de sutil aplicación homogénea, como una ligerísima capa transparente, en cuya superficie bailan fluidos gestos que tejen el ritmo y el relieve cromáticos de este espacio así animado cual si se tratase de una ondulación de compleja energía, la escritura musical de un pentagrama luminoso. Es el reino de la levedad del ser, cifrando su movilidad sobre el elástico lecho de pantallas uniformes de azul, rosa, gris, carmín, verde, amarillo, negro…, aunque sería mejor su enunciación plural, porque lo es su matiz y su combinatoria. El flamear gestual que abanica, crepita o centrifuga esta palpitante superficie cobra como un impulso coreográfico, de movilidad danzante, porque estas caricias figurativas son arpegios musicales que dan cuerpo a la uniforme sonoridad sostenida del fondo orquestal, que se sostiene con la transparencia del rumor saturado y embriagador, de un poema de José Ángel Valente.

Esta maravillosa pintura de Vladimir Cora es —reflejadas en series como Torsos, cabezas o señoras de Tecuala—, en efecto, una decantación, que se extiende y gotea como algo que se precipita al cabo de un tiempo largo para quedarse tan sólo con la esencia. Un casi nada, que es el registro de casi todo. Una atmósfera. Un perfume. Apenas un estremecimiento. Cora ha sabido dotarlo de un hondo y, no pocas veces, angustioso pálpito existencial, fiel testimonio de la soledad de la tecno-manipulada mirada contemporánea, mientras que el reguero de sus intervalos negros nos abren continuamente al abismo —poético y crítico— de lo invisible que nos asedia. El brillo que resta cuando se retira el agua en el litoral, iluminado por luces rasantes, y, por un momento, todos los elementos entremezclados, se nos muestra el deslumbrante reflejo, el ronroneo y el perfume salobre de la canción del mar. Es, quizá, sólo un pequeño fragmento perceptible de la inagotable pintura, pero inolvidable.

Son cuadros en los que se aprecia la huella de la asimilación sensible de la digitalización, pero también la reflexión sobre las nuevas posibilidades del diseño compositivo por ordenador. Es algo que empezó a hacer Cora hace años, aunque sin los resultados tan sofisticadamente maduros que ahora muestra. Una síntesis más completa, profunda y refinada que puede ser interpretada como una forma más cabal de quedarse progresivamente con lo más esencial, pero también como una mejor integración entre los lenguajes y, sobre todo, una manera de actualizar la materia y el espíritu de la pintura tradicional. Es como si el Cora actual hubiera logrado transfigurar las abruptas atmósferas pictóricas de antaño en algo tan sutil como casi un poema visual; como si la gestualidad caótica del pasado en la actualidad se revistiese de un orden totalmente etéreo.

En una mirada más detenida se acierta a vislumbrar la compleja urdimbre de este estallido cromático inducido por una explosión luminosa. Hay, por una parte, cuadros de gran formato, donde se anula toda la transparencia, aunque no toda sustancia, ya que el color en momentos —negro, verde, gris— es opaco y refulge, pero, como cuerpo incandescente, conserva huellas de oleoginosidad en su superficie fraguada; están, por otra, esa violenta irrupción figurativa, esos deslumbrantes estallidos cromáticos, de amarillos limón y de púrpuras, como una costra que se adueña de la superficie esponjosa del lecho de cera transparente, cual manchas solares.

Todo esto está esmeradamente cuidado en el montaje de la presente exposición, que se articula en una serie de “capítulos” o “habitaciones”, pero en el sentido de generar unos meollos luminosos o de penumbra, de respectiva diferente intensidad, para que resplandezca la parpadeante cinta continua de las imágenes, que fluyen como memoria constante, con ese rítmico y dramático contraerse y dilatarse, aunque lo que aquí se rememora sea el plasma de la memoria y su rutilante cola de mil fragmentos icónicos entrevistos. Es por esta conjunción de puntos de luz titilantes y sorda ansiedad ante el espanto de lo inconmensurable, captados por entre el ronroneo visual cotidiano, por lo que la pintura de Cora nos conmueve a fondo.

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