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Tres momentos con Ángela

En:Cultura en México Fecha:23 junio, 2012
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Gurría Adriana Cortés Koloffon

Las piedras

La conocí antes de conversar con ella. Sus mariposas, tzompantlis y calaveras en la galería Arte Hoy, en Coyoacán, me hablaron de su gran sensibilidad y amor por la naturaleza. En la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la unam su pieza 1968 me habló de la censura y el deseo de libertad. La cabeza de una mujer de piedra con la mirada triste y de enojo a la vez. Entre los labios cerrados, una flor. Sobre la cantera, unas cuantas gotas rojas.

Sabía que al ingresar a la Academia de las Artes en 1973, David Alfaro Siqueiros elogió su obra y que Rufino Tamayo dijo: “llega por fin victoriosa a la meta que pareció lejana, pero a la que con su talento y convicción arriba sin fatiga”. Discípula de Germán Cueto y Luis Ortiz Monasterio, su obra multipremiada ha recorrido galerías y museos del mundo. Es también parte de nuestro paisaje urbano. Señales, escultura de dieciocho metros de altura, símbolo de la unión de las razas negra y blanca, forma parte de la Primera Estación de la ruta de las Olimpiadas del 68. Tras la construcción del segundo piso del Periférico, la “redujeron a dieciocho centímetros”, se lamenta su autora y añade que probablemente la trasladen al Museo de Arte Moderno donde se encuentra otra de sus piezas: Río Papaloapan. Decido buscarla.

La voz

Escucho su voz por teléfono: —¿Pero qué te puedo contar yo de mi vida? —¿Qué tan difícil fue para usted empezar a esculpir? —Muy difícil porque iba yo a la tlapalería a comprar el material y me decían: “¡ah, ahora hasta en esto se meten las viejas!” Eran los años sesenta más o menos. Yo tuve que inventarme un pseudónimo para poder esculpir. Pero hoy no puedo recibirte en mi casa, me siento mal, tengo los pulmones colapsados por respirar el polvo de la piedra, el material que más me gusta para trabajar. Colgué la bocina. Días después volví a llamarle y acordamos nuestra cita.

Las mariposas

Toco el portón de la casa en Coyoacán. Pepe el Toro ladra y me lleva hasta la sala donde ella se encuentra vestida con una pashmina roja. Lo regaña: “No, Pepe, no muerdas mi pashmina de la India. ¿Qué me vas a preguntar? Pero no grabes ni apuntes nada. ¿Sabes? Una fotógrafa muy amiga mía, Kati Horna, quien tomó las mejores fotografías de mis piezas, me dijo una frase: “del arte sólo importa lo que conservas en la memoria. Escribe después lo que recuerdes”. Acostumbrada a la tecnología, insisto: “¡Por favor, déjeme grabar!” Mis súplicas son en vano. Horas después escribo. Imaginación y realidad se mezclan. La recuerdo (o tal vez imagino) así: al conversar extiende la pashmina roja y sus brazos se vuelven alas de mariposa. En el patio, mariposas y palomas talladas en cantera vuelan sobre las garzas de hierro que pronto estarán en la Universidad de Tlaxcala.

“La piedra habla —me dice, mientras acaricia una figura—, me va llevando para darle forma, nunca intento forzarla”. Apenas probamos el té cuando de pronto se pone de pie y me dice: “Mira”. Enciende la luz y una mariposa de ónix verde con vetas negras y naranja extiende sus alas. Tócala, me dice, la escultura es para tocarse, siente sus bordes, sus pliegues. Es grande, ocupa la tercera parte de un escritorio. Era una oruga, dice, esperaba ser mariposa. Y me cuenta la historia de esta mariposa nocturna: en una tienda donde venden piedras para los baños vio a un hombre golpear una placa enorme, preciosa, “le pedí que no la golpeara, que mejor me la vendiera —dice—. Esperé quince años sin saber qué forma darle. Un día mi nieta mayor me dijo: mira lo que me encontré. Era una mariposa de noche con esos colores maravillosos ¡pero yo no vi una mariposa sino la placa en forma de mariposa!”.

Otro día vio una piedra llorar: “La empecé a golpear hasta que le salió agua y pensé que la piedra lloraba y me decía: ya no me golpees”. Supo que debía dejarla. De su interior brotó “agua que había estado encerrada durante siglos” y el ganado pudo salir y cruzar el río de mármol. Ese fue —¿o lo imaginó?— el origen de su escultura El aguaje. Ángela Gurría me conduce en silencio hacia un pasillo. Me muestra un par de jaguares de mármol. “Simbolizan la vida y la muerte —dice—. Los hice después del movimiento zapatista de 1994 cuando vi el perfil del subcomandante y el de un soldado. Entonces pensé: habrá muchos muertos. Son un jaguar macho y uno hembra”. Los opuestos: el principio y el fin, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, convergen en sus piezas. “¿Qué le dicen las mariposas?”, le pregunto y responde: “Me hablan de lo efímero, de lo frágiles que somos”. También le pregunto acerca de 1968, la cabeza de una mujer que se encuentra en la fes Acatlán. Aunque ella no participó en el movimiento del 68 quiso expresar su dolor a través de esta pieza, “una cabeza digna”, y de otras, como Libertad de expresión. Recuerda: “no se me olvida la imagen de una muchacha a la que mataron en 1968 frente a la puerta de una iglesia”. Parecida a una mariposa monarca, agita su pashmina (¿o sus alas?), regresamos a la sala, bebemos el té ya frío y me advierte: “No lo olvides: el arte que realmente importa es el que conservas en la memoria, escribe lo que recuerdes de nuestro encuentro”. Tras cerrar el portón de su casa, atrapo los recuerdos: mariposas de ónix que vuelan, el viento ligero en una escultura de hierro, una flor atrapada entre los labios de una mujer de cantera. Sus manos que crean poesía con las piedras. Lo efímero y lo permanente, la muerte y la vida en el arte de Ángela Gurría.

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