Dietrich Fisher-Dieskau, el cantante perfecto
Falleció el más grande intérprete del siglo XX
A la memoria de la Sala Margolín,
otra sensible víctima de la globalización.
Mario Saavedra
Pocos días después de que el mundo de la literatura experimentara la lastimosa muerte de Carlos Fuentes, el de la música vivió la no menos sensible del enorme barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau (Berlín 1925-2012). Paradigma del cantante perfecto, a sus singulares habilidades vocales, al hermoso color de su emisión, sumó un no menos dotado talento musical, que resulta más bien inusual en el ámbito lírico. Belleza de timbre, técnica, amplitud y diversidad de repertorio, musicalidad, presencia escénica, personalidad e inteligencia, fueron sólo algunos de los muchos atributos de quien por sus también eclécticos méritos conformó una carrera artística ejemplar.
Además de director de orquesta y pianista que muy bien acompañaron la sobresaliente trayectoria de quien para muchos fue la voz por excelencia del siglo XX, una auténtica leyenda viviente (el importante filósofo y polígrafo francés Roland Barthes escribió su ensayo “El grano de la voz” pensando en él, ponderando sus enormes virtudes), Fisher-Dieskau fue también pintor y escritor con solvencia, con una amplia formación humanística que bien redituó en una consistente construcción de los muchos y distintos personajes a los que les dio vida en escena. Su rigurosa educación se vio interrumpida por la segunda contienda mundial (así como su primer recital público, en el Berlín de 1943, bajo el bombardeo de la Royal Air Force británica), teniéndose que incorporar a la Wehrmacht; apresado por los estadounidenses en el norte de Italia en 1945, pasó dos años como prisionero de guerra, periodo en el que aprovechó para estudiar y aprenderse dos ciclos de lieder que abrirían su ingreso a un género en el que fue maestro indiscutibles, el Dichterliebe de Robert Schumann y el Die Schöne Müllerin de Franz Schubert.
Acabada la Segunda Guerra Mundial y ya de regreso en Alemania, en 1947 comenzó su carrera profesional en el Réquiem alemán de Johannes Brahms, sin haber ensayado, pues tuvo que entrar de sustituto de último momento. En ese mismo año daría también su primer recital de lieder en Leipzig, con tal éxito que escasos meses después haría su debut triunfal en el Titania-Palast de Berlín. En una larga y gloriosa trayectoria que lo llevó a pisar los más importantes teatros del mundo, y a desarrollar una no menos sorprendente carrera discográfica, en ambos casos cubriendo un amplio y variado repertorio que abarcó desde la música antigua hasta el periodo contemporáneo, Fischer-Dieskau fue contratado en 1948 como el principal barítono lírico en la Opera estatal de Berlín, debutando como Posa en la ópera Don Carlo, de Verdi, bajo la dirección de Ferenc Fricsay. Viena, Munich, Londres, París, Milán, Nueva York, Sidney, fue además por muchos años de igual modo una de las figuras frecuentes en los festivales de Salzburgo y Bayreuth, conforme en su amplio repertorio cubrió casi todos los roles más importantes tanto de Mozart como de Wagner.
Las Cantatas de Bach, el Julio César de Händel, el Orfeo e Euridice de Gluck; de Mozart, el Almaviva de Las bodas de Fígaro, el Papageno de La flauta mágica y Don Giovanni; de Beethoven, el Don Pizarro y el Don Fernando, de Fidelio; de Verdi, el Rodrigo de Don Carlos, Macbeth, el Yago de Otello, Rigoletto, Falstaff; de Wagner, el Wolfram de Tannhäuser, el Hans Sachs de Los maestros cantores, el Kurwenal de Tristán e Isolda, el Telramund de Lohengrin, el Amfortas de Parsifal, y en la tetralogía El anillo del Nibelungo, el Wotan de El oro del Rin y el Gunther de El ocaso de los dioses.
Con un amplio registro que bien le permitía cubrir con solvencia papeles de barítono dramático, barítono bufo y barítono-bajo, Fischer-Dieskau prácticamente lo cantó casi todo para su tesitura, y de ello dan de igual modo constancia sus versiones inigualables del Jochanaan de Salomé, el Mandryka de Arabella y el Barak de La mujer sin sombra, de Richard Strauss. Dentro del repertorio operístico francamente contemporáneo, no menos históricos fueron sus Wozzeck y su Dr. Schön de Lulú, de Alban Berg; o su Doktor Faust, de Ferruccio Bussoni; o su Matías, el pintor, de Paul Hindemith. Cantó con las más importantes orquestas del mundo, bajo la dirección de músicos de la talla de Furtwängler, Böhm, Britten, Karajan, Bernstein, Walter, Klemperer, Richter, Sawallisch, Kubelik, Jochum, Solti, Kleiber, Marriner, Haitink, Maazel, Barenboim.
El gran liederista, por antonomasia, tanto en la escena como en los registros discográficos, pues le supo imprimir al género lo mucho que tiene de profunda poesía y de elegancia, Dietrich Fisher-Dieskau cantó y grabó con algunos de los más notables pianistas del siglo, entre otros, Richter, Brendel, Ashkenazy, Barenboim, Demus; con el exquisito pianista inglés Gerald Moore nos dejó auténticas joyas del género, como La bella molinera y El viaje de invierto, de Franz Schubert (su intérprete más sensible y dotado); el Amor de poeta, de Robert Schumann; los Cuatro cantos serios, de Johannes Brahms; el Libro de canciones italianas, de Hugo Wolf. En este terreno en el que dejó escuela y una huella imborrable, también interpretó con maestría a Mozart, Mendelssohn, Liszt, Mahler, Strauss.
Con la muerte de Dietrich Fisher-Dieskau se va el que quizá haya sido el cantante más dotado y completo del siglo XX, quien por sus inmensas facultades vocales y musicales, por su sobrada técnica, por la vastedad y la complejidad del repertorio que cubrió, por su inteligencia y su ecléctica sabiduría, se convirtió en algo así como el modelo de la perfección misma del canto. ¡Descanse en paz!
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