Alegre carnaval
Máscaras que son rostros reales
Jorge Carrillo Olea
El carnaval es una tradición mundana que en un momento fue cristiana. Lo precede la Cuaresma, cuarenta días de abstención de lo mundano. Así fueron, opacos por definición, los plazos de pre-campañas políticas mexicanas. Luego llegó la fiesta, las cruzadas, esas que hoy no son sólo alborozo sino lamentable mascarada. En ellas se compite no por la alegría, sino por la levedad, el irrespeto a la inteligencia, la desmesura protagónica y el desenfreno. Pero peor, por la esterilidad, la vacuidad, la pequeñez.
Hoy presenciamos un periodo de pequeñeces desestimulante. En el carnaval todo se vale y dice la tradición que por eso se ponen máscaras. Pero eso es en el carnaval del momento. Lo peor es que se está ya sugiriendo que las tales máscaras no lo fueran sino que son los rostros reales. Abundan las acusaciones nimias entre ellos. Ponen sólo su atención en su pequeño ego y en el rival, no por la nación.
Hacerse o no un examen toxicológico les es más importante como razonamiento que la miseria moral que nos invade. No puede uno imaginar si lo que vemos en otros países en semejantes vísperas pudiera guardar algún reflejo con lo que aquí es cotidiano. Vamos del desestímulo, a lo ruborizante y de ahí a la vergüenza ajena. Vemos crecientemente la nimiedad y la miseria imaginativa como conductas infantiloides que se privilegian como razones.
El Titanic mexicano hace aguas por muchas partes y en su cubierta el carnaval sigue. Sigue por un lado Calderón con su delirante discurso justificativo y siguen los candidatos en la más increíble insensibilidad de los dolores del pueblo y de la desesperanza, ya que sabe que uno de ellos será efectivamente el gran titular sin ser el gran salvador.
Repasar las soserías no es grato, pero es ineludible consignar que doña Jose se lleva las palmas en cuanto a ridículos logrados: su estadio vacío, su moto, sus chilaquiles en su vieja casa, su maquillaje, su eterna máscara sonriente, sus desmayos y su discurso trillado y, para acabar, las quesadillas de Tres Marías. Es imposible dejar de imaginar si alguna conducta semejante la hubieran tenido las señoras Bachelet, Rousseff o Merkel.
Andrés Manuel López Obrador con su tartamudeo verbal e intelectual, que así como habla por ráfagas, así acomete y retrocede en sus planteamientos y ha sido capaz de culpar a sus ventrílocuos. Más que las angustias centrales del país le preocupa cuánto gastó Peña en su primer acto. Eso y pedir perdón con un patético discurso que no convence a nadie.
Por hoy se salva Enrique Peña que fue sensato sobre el Papa, refiriendo que las prácticas religiosas pertenecen al ámbito privado. Sin embargo sus spots diseñados por Televisa quizá en Disneylandia, lo reducen a una mercadotecnia de la belleza que quizá sea todo: el ambiente, el vestuario, el actor. Si eso es todo, si tan sólo su oferta es Lacoste o Hugo Boss, estamos fritos.
Por el momento están en el olvido la pobreza, la educación, la salud, la seguridad, el desempleo, el desprestigio internacional. ¡Son poca cosa que bien puede ser atendida otro día!, cuando haya tiempo. Pero dolorosamente parece que el pueblo tampoco demanda más. Le divierte el carnaval, participa regocijante, hace chunga, se divierte con el jolgorio montado por quienes quieren gobernar seis años.
Si a eso lo inducen, ¿por qué habría que tomar en serio las cosas, por qué preocuparse? Según los sabios, los días que tenemos por delante serán chispeantes, divertidos, pero los valores ya no se moverán. La suerte está echada a favor de Enrique.
***
…Suspensivos. Calderón golea al priismo al montar un homenaje a Miguel de la Madrid. A 24 horas del deceso, en un acto de la Fundación Colosio, al presidente del partido, Pedro Joaquín, y el candidato Enrique Peña se les olvida hacer siquiera una mención. Después por natural sonrojo ya tienen que seguir calladitos. ¡Gol de Calderón!
hienca@prodigy.net.mx
EURO Venta $15.90
DÓLAR Venta $12.36
