Mujeres sumisas

Sección:Articulistas, Perfiles Fecha:10 marzo, 2012
A+   A-


Cuántos tipos hay

Guadalupe Loaeza

(Primera de dos partes)

Hace un par de años, apareció una nota en el periódico  Reforma, que me llamó particularmente la atención: “La actriz Isaura Espinoza recomendó a aquellas mujeres sumisas que se vean reflejadas en Teresa Tovar, el papel que ella interpreta en La Paloma, con el objeto de que procuren sacar fuerza interna para salir adelante”.

Esta nueva telenovela dirigida por Luis Vélez y dedicada a todas las mujeres que sufren de sumisión, se estrenará próximamente en el Canal de las Estrellas. Teresa es la típica mujer sumisa (como hay tantas), obligada a acatar las órdenes de un marido que por añadidura la engaña (como hay tantos).

Sin embargo, ella se somete. ¿Por qué? Primero por el gran amor que siente hacia su esposo y segundo, por sus hijos. Según la artista, las mujeres que padecen este tipo de humillaciones es porque ellas mismas lo permiten.

“No es que una sea vengativa, es cuestión de que busques justicia, que te busques un lugar y que encuentres la manera de volverte digna ante ti misma para poderlo ser ante los demás”.

¿Cuántas mujeres se identificarán con Teresa Tovar? ¿Por qué somos más sumisas las mujeres que los hombres? ¿Qué pasa en la cabeza de una mujer super sumisa? ¿Se nace o con el tiempo y las circunstancias se vuelve una sumisa? ¿Se puede dejar de ser sumisa cuando se ha sido por más de cincuenta años? ¿Habrá mujeres que siendo sumisas sean felices? ¿Será la sumisión hermana gemela de la autodevaluación?

En su libro La mujer rota, Simone de Beauvoir dice: “La mujer rota es la víctima estupefecta de la vida que ella misma se eligió: una dependencia conyugal que la deja despojada de todo y de su ser mismo cuando el amor le es rehusado”.

“Despojo”, era tal vez lo que sentía Rosario Castellanos al no sentirse amada. En una de las 77 cartas que le envió a Ricardo Guerra, escribió: “Quisiera saber bailar y no ser gorda de ninguna parte y gustarle mucho y no tener complejos. Si usted me lo permite y me da tiempo me corregiré. Quiero ser tal como usted quiere que yo sea. Pero no me diga cuáles son mis defectos sino con mucha lentitud. Porque de otro modo me da tanta tristeza tenerlos que me enfurezco y decido conservarlos”.

En su poema “Autorretrato”, volvemos a encontrar el mismo tono de queja. Más que de queja es de rendición que también tiene que ver con la sumisión: “Sufro más bien por hábito, por herencia, por no diferenciarme más de mis congéneres que por causas concretas./ Sería feliz si yo supiera cómo. Es decir, si me hubieran enseñado los gestos, los parlamentos, las decoraciones./ En cambio me enseñaron a llorar…”

Tal vez haya algunas lectoras que piensen que hay de sumisas a sumisas. Es cierto. ¿Cuántas categorías existen? Seguramente muchas. Veamos algunos ejemplos.

 

Sumisa culpable

Este tipo de sumisas resultan realmente insoportables. Sufren dos veces: por sumisas y por culpa. Son sumisas porque se sienten culpables; y se sienten culpables porque son sumisas. Por lo general estas mujeres traen culpa desde que son jovencitas. La expresión de su cara las traiciona: “Yo no fui. Te lo juro que yo no fui”, parecen decir con la mirada las 24 horas del día. Generalmente las mujeres que pertenecen a esta categoría mueren frustradas y odiándose profundamente.

Sumisa impotente

Por más que éstas quieren dejar de serlo, no pueden. Por lo general odian en silencio al marido. Odian su autoritarismo, su machismo, pero sobre todo, su fuerza. A todo dicen que sí, porque ya todo les da igual. Se sienten débiles e inútiles. “Ay, otro día más”, piensan al despertarse.

Sin embargo, todas las mañanas desayunan con su marido. Y mientras toman su café y él lee el periódico, le sonríen. “¿Vas a venir a comer?”. “¿Todavía no sabes?”. “Bueno, pues te esperaré hasta las cinco. Si no llegas, como”, dicen con una enorme resignación al despedirse de él.

Sumisa chantajista

Estas son tremendas. Son de las que se enferman constantemente y dicen: “Hoy no circulo, pero no importa yo voy sola al doctor en un taxi. ¿Te puedo hablar por teléfono a tu oficina para decirte si siempre me encontraron la bolita en el seno?”.

Son las que utilizan su sumisión como arma para agredir y defenderse del marido y de los hijos. No obstante son un poquito obvias, siempre se salen con la suya. Después de tres gritos, el marido las termina llevando al doctor. Y saliendo de la consulta le dirá: “¿No me invitas a tomar un cafecito? Digo, para celebrar que no encontraron nada de bolita. Pero si no tienes tiempo, no te preocupes. Entiendo. Déjame entonces en la próxima esquina”. Ni la dejan en la esquina y el marido termina tomándose el café. Eso sí, furioso y sin dirigirle una sola palabra.

Sección:Articulistas, Perfiles Etiquetas: