También la noche es claridad

Sección:Cultura en México Fecha:17 diciembre, 2011
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Juan Antonio Rosado

Desde 1984, bajo el signo de la constancia, han surgido los poemas de Félix Suárez en los volúmenes La mordedura del caimán, Peleas, Río subterráneo, En señal del cuerpo y Legiones. El poeta ha juzgado conveniente elaborar una antología donde reúne piezas de estos libros y de Las vestales del naranjo. En También la noche es claridad, que toma su título de una imagen de Marco Antonio Montes de Oca, puede percibirse la transformación y a la vez continuidad de una voz que no cesa.

Como ocurre con las adivinanzas, el lector lee primero los versos de cada pieza y al final, entre paréntesis, se enfrenta con el título que los abarca: estructura poco común en un poemario, pero eficiente, en la medida en que el flujo de las imágenes, percepciones, conceptos y emociones nos conduce —por el cauce de la palabra— hacia la desembocadura del anclaje.

El libro se inicia con estos versos: “Son la luz y el primer alboroto de la mañana/ Y mientras llenan de menudos gritos la casa,/ uno se despierta en el mismo cuerpo de ayer,/ convulso, adolorido,/ muriendo de corrientes fiebres/ y antiguos males sin importancia”, tras los cuales se despliega una segunda estrofa reflexiva en que se representa —más conceptualmente— lo efímero, lo fugaz de nuestro paso por el mundo. Incluso el amor deja de ser un consuelo, pues “en sordas treguas/ nos va matando de veras”. Al final, el título: “Pájaros”. Si la primera parte del poema es denotativa, la segunda, en cambio, connota, simboliza a esas “aves” conscientes de su muerte: los humanos; si al final de la primera estrofa nos hallamos con la enfermedad y el dolor tras evocar la luz y el alboroto, en la segunda es clara la continuidad —ya metafísica— de ese dolor y frialdad. El segundo poema nos lleva a la palabra “Sísifo”, mientras que el tercero y el cuarto carecen de anclaje. Se trata de poemas que fluyen en medio del blanco de la página.

El resto del libro mantiene una estructura similar. De Peleas, hay diez piezas, de las cuales sólo una se identifica con la palabra “Melancolía”. Las contiendas son representadas en muchos niveles: el tizne y los carbones que quedan en casa, los cielos y los celos, las ovejas desolladas, la hiel que chorrean las armas del vencido cuando el otro —el vencedor— duerme, el azolve que se espesa entre los dos. Presencias en pugna expresadas con claridad adquieren carácter unitario en el título que las engloba: Peleas.
De Río subterráneo, hay sólo tres poemas, entre los cuales “Crónicas de fin del mundo” nos enlaza a la decadencia: “Tengo el pulmón/ lleno de hollín,/ los ojos sucios/ y la lengua toda de aceite”. Las siguientes partes de esta antología contienen el mayor número de poemas. Hay piezas con lenguaje y recursos más complejos, con emoción que palpita aunada a la reflexión, y sin embargo, sigue identificándose una voz, la transparente sencillez de su estilo.

A menudo percibimos los infiernos del ser, desde la “dicha pasajera y mía” que “no volverá”, hasta la inmovilidad y fugacidad. Pero lo fugaz ha quedado fijo en el vocablo, y los infiernos, al ser poetizados, nos llevan a otros mundos. El poeta Roberto Juarroz afirmó que “Tal vez la poesía nos salve todavía del infierno de los habladores profesionales”, ya que el fenómeno poético —a diferencia del lenguaje cotidiano— es palabra esencial por su permanencia.

Félix Suárez, También la noche es claridad. Antología poética (1984-2009). Editorial Praxis,
México, 2009; 87 pp.

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