Rafael Solana y la Generación de Taller.

Sección:Cultura, Cultura hoy mañana y siempre Fecha:13 agosto, 2011
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Claudio R. Delgado

En memoria de don Rafael Solana, al cumplirse 96 años de su nacimiento

Una gran parte de la historia de nuestra literatura, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se ha agrupado en torno a la publicación de periódicos y revistas que han sido el medio a través del cual hemos presenciado su desarrollo y evolución. En consecuencia, una literatura como la nuestra, demanda la continua exhumación de esas revistas y periódicos sepultados (muchos de ellos aún) en hemerotecas y archivos privados que son el punto de partida para el descubrimiento, lo mismo académico  como profano.

Las revistas literarias de Altamirano

Algunos de esos diarios o revistas como El diario de México, El Renacimiento, El Domingo, El Federalista, El siglo XIX y  La República fueron el medio a través del cual, escritores como el maestro Ignacio Manuel Altamirano, forjaron e impulsaron la identidad de nuestra literatura mexicana, y la cual, gracias a la visión e inquietud de este escritor, es estudiada desde la publicación de sus primeras Revistas literarias (1821-1883), con las que  el autor del Zarco inauguró una etapa decisiva en la historiografía de nuestras letras nacionales.

En sus Revistas literarias, el maestro guerrerense habla de los hombres de su tiempo y de las obras de cuya gestión y aparición fue testigo, y de los acontecimientos literarios en los que él directamente participó. Altamirano nos cuenta de autores y de libros que en sus días tuvieron renombre y que hoy, muchos de ellos (como injustamente suele pasar en nuestro país) han sido olvidados. Las Revistas literarias de Ignacio Manuel Altamirano, nos ofrecen datos y circunstancias que nos han ayudado a entender y a conocer de mejor forma, una época particularmente destacada en la historia de nuestra literatura, pues es en ese periodo en el que se gestaba, lo que en rigor debemos de llamar con claridad literatura mexicana.

Los inicios de la historiografía literaria

El investigador José Luis Martínez, en su estudio sobre los inicios de la historiografía de la literatura mexicana, habla del jesuita veracruzano Agustín Pablo Pérez de Castro (1728-1790), quien dejó una historia de la literatura mexicana o hispanoamericana. En 1755, Juan José de Eguiara y Eguren, publicó en nuestro país, el primer tomo de su Biblioteca mexicana, la cual aspiraba (según el mismo José Luis Martínez) a formar un repertorio bibliográfico de los escritores de la época colonial.

Más tarde, José Mariano Beristáin y Souza, decidió continuar y completar la obra que Eguiara había dejado incompleta, y editó en México durante los años de 1816, 1819 y 1821 su Biblioteca hispanoamericana septentrional. En el prologo que lleva el volumen de Eguiara, se encuentra el esbozo de una historia crítica de la cultura mexicana desde la época anterior a la conquista hasta 1754.  El propósito fundamental de este trabajo y de su continuación hecha por Beristáin, se limitaba al acopio de noticias biográficas y bibliográficas, lo que excluía el propósito de una historia literaria como tal.

Durante el siglo XIX, y sobre todo durante la primera mitad, la historiografía de nuestra literatura, se inicia con panoramas de época, como el que escribió el poeta español (y antimexicano) José Zorrilla en La flor de los recuerdos (1855), o como el Discurso sobre la poesía mexicana del escritor Joaquín Baranda.

La Revista Azul, de Gutiérrez Nájera

Años antes de finalizar el siglo XIX, surgen algunas revistas literarias que marcaron, en adelante, de manera importante, la aparición de estas publicaciones y en torno a las cuales se darán sucesivamente, cambios e influencias literarias en las nuevas generaciones de escritores que con el afán de buscar un rumbo y una identidad propia y autónoma, en contraposición a las generaciones pasadas, crean publicaciones que distinguen en algo (más allá de su propuesta literaria) su presencia dentro de nuestra literatura.

Un ejemplo de lo anterior es la aparición de la mítica Revista Azul, la cual es fundada  y dirigida por Manuel Gutiérrez Nájera, El duque Job y por Carlos Díaz Dufoo, publicación que se convirtió en el hogar de los escritores modernistas mexicanos y de algunos del sur de nuestra América.

El primero de julio de 1898, con ilustraciones del pintor Julio Ruelas,  es editado el primer número de la muy bella Revista Moderna, fundada en rigor por el joven de apenas 20 años de edad Bernardo Canto Castillo, y en torno a la cual se congregan José Juan Tablada, Alberto Leduc, Jesús Urueta,  Jesús E. Valenzuela y Amado Nervo, quienes hicieron de sus artículos y ensayos, un verdadero ejercicio de poesía, creando así un grupo de colaboraciones peculiares.

Las dos revistas mencionadas, pasaron a ser  junto con el periódico El Renacimiento (1869; 2ª época, 1894)  de Altamirano, las publicaciones literarias más destacadas del siglo XIX, que marcaron tres momentos fundamentales de la historia de la literatura mexicana.

La falange y Contemporaneos

Durante las primeras décadas del siglo XX, aproximadamente hacia 1922 y 1923, don Jaime Torres Bodet y Bernardo Ortiz de Montellano, impulsan la publicación de la revista La Falange, la cual es uno de los primeros antecedentes de lo que años más tarde pasará a ser el símbolo de una de las generaciones que más personajes brillantes dio al parnaso nacional, me refiero a la revista de Los Contemporáneos, y que en 1928 agrupo a Xavier Villaurrutia, Enrique González Rojo (hijo del poeta Enrique González Martínez) Salvador Novo, Jorge Cuesta, Bernardo Ortiz de Montellano, José Gorostiza, y al que tengo por uno de los más brillantes escritores de esta generación, y como uno de los más valiosos escritores del siglo XX mexicano, don Jaime Torres Bodet, quien generosamente cede el nombre de su primer libro de crítica, titulado precisamente Contemporáneos, a la revista que simboliza uno de los periodos más controvertidos de nuestras letras.

La revista Taller poético de Rafael Solana

Para 1936 aparece una revista cuyo propósito principal, era el de lograr la concordia entre todos  los poetas existentes en México en ese tiempo, y que poseían una presencia  importante dentro de las bellas letras, y la cual se convertirá en el símbolo de una de las generaciones literarias que gracias a su fundador y director Rafael Solana, dio testimonio de su inteligencia y capacidad dentro de un universo de cambios e imposiciones.

Rafael Solana, al fundar él solo la revista Taller poético, a la edad de 20 años, la cual era impresa por el también escritor y además abogado Miguel N. Lira, lo que pretende, en comparación con las revistas anteriores, es el no rompimiento tajante y agresivo con las influencias que antecedieron la presencia de su revista. Solana (al contrario) da cabida lo mismo a  poetas ilustres aún vivos, para que dicten su lección a los jóvenes e inquietos poetas de su generación, por lo que al hojear los cuatro únicos tomos de Taller Poético, encontramos que en su páginas aparecen desde el poeta Enrique González Martínez (de quien don Rafael edito su libro titulado Ausencia y canto) hasta los más jóvenes versificadores como Neftalí Beltran (quien publicó en marzo de 1938 su revista titulada Poesía, la cual sólo alcanzo tres números) y el escritor Ramón Gálvez, actualmente olvidado.

Los poetas de la generación que se agruparon en Los Contemporáneos, también participan en las páginas de Taller poético, con la sola excepción de José Gorostiza, poeta que se caracteriza (a pesar de su fuerza poética) además,  por su brevedad creativa. En la revista de Solana también se recogen poemas de Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Bernardo Ortiz de Montellano y Xavier Viallurrutia.

En el número dos de Taller poético, correspondiente al mes de noviembre de 1936, aparece por vez primera en México y tal vez en nuestra América toda, un poema titulado Gacela de la terrible presencia, del español Federico García Lorca, el cual es entregado por Genaro Estrada a Rafael Solana para ser publicada en la revista.

En Taller poético nacen Carmen Toscano y Octavio Novaro; los poetas que “andaban sueltos” y aquellos no pertenecientes a grupo alguno y que eran más jóvenes que Los Contemporáneos y más viejos que los de Taller poético

(según señala el mismo Solana) como Elías Nandino, Anselmo Mena y Enrique Asúnsolo, quienes también contaron con un espacio propio en la publicación.

Lo anterior permite crearnos una idea clara del “eclectisismo” de la revista de Solana, pues la nomina de sus colaboradores, que incluía a los representantes de todas las generaciones vivas (por lo menos dos anteriores a la de Taller poético) fue posible abarcarlas, sin renunciar a la calidad que se pretendía sostener y sin incursionar hacia un tipo de poesía excesivamente popular, que hubiera llevado a su director (sobre todo) al exceso de la demagogia, pues tal vez  sólo el joven Efraín Huerta, era quien seguía con mayor apego su línea poética de izquierda.

 

En esta nueva revista no sólo se dio espacio a los poetas de la capital, y a los que acababan de  llegar a ella de otros estados del país, también aquellos que radicaban en alguna parte  de la república como Guadalajara o Mérida, eran publicados por Solana.

 

Además de los cuatro únicos números de Taller poético, Rafael Solana edito algunos libros, de Carmen Toscano uno muy pequeño y raro (actualmente uno de esos libritos está en mi poder) titulado Inalcanzable y mío (ella se había estrenado ya al publicar antes, Trazo incompleto, libro publicado por la editorial Cultura); de Efraín Huerta, Solana  publicó tres libros, uno de los cuales prologó, mientras en otro de ellos, Línea del alba, que Miguel N. Lira imprimió, tuvieron como cajista, para formar la portada con sus propias manos, nada menos que al entonces ministro de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada.

También publicó un libro de Gómez Mayorga y dos de Enrique Guerrero Larrañaga, poetas hoy desconocidos; uno del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, con dibujos de Roberto Montenegro y un tomito dedicado a conmemorar el centenario del poeta español Garcilaso, en el que colaboro con sus correspondientes ensayos don Jaime Torres Bodet, Alberto Quintero Alvarez y el mismo Rafael Solana.

En 1939 don Rafael publica su primera novela titulada La educación de los sentidos o El envenenado, con retratos y viñetas del pintor Juan Soriano. El cuarto y último número de Taller poético aparece publicado en junio de 1938 con el sello de imprenta de Angel Chapero.

La revista Taller

Para 1938, la generación de escritores que había comenzado a darse a conocer aún con cierta inseguridad en las revistas Barandal (1931-1932) y Cuadernos del Valle de México (1933-1934), fundadas estas dos por Octavio Paz, Salvador Toscano, José Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez, Rafael López Mayol entre otros y Taller poético (1936-1938) se concentra en torno a la revista Taller (1938-1940).

De entre los miembros de Taller, esencialmente poetas y ensayistas, Rafael Solana fue el que dejó una abundante producción narrativa, y quien a fines de 1938, invitó a comer a Efraín Huerta, a Quintero Alvarez y a Octavio Paz, con el fin de comunicarles su decisión de transformar Taller poético, en una “revista literaria más amplia en la que se publicasen también cuentos, ensayos, notas críticas (como se venía hacienda ya desde la anterior revista) y traducciones. Para realizar lo anterior, Solana deseaba contar con nuestra ayuda”, según cuenta el mismo Paz.

Inmediatamente se reformó el pequeño grupo de responsables de la primera época de Taller. El primer número de la nueva publicación, apareció en el mes de diciembre de 1938, y fue publicado únicamente por Rafael Solana, pues él se encargo desde dibujar la cabeza hasta ir a formarla en la imprenta. En este primer número aparecieron unos fragmentos de Octavio Paz, en prosa; versos de Efraín Huerta, un artículo en la sección de notas de Alberto Quintero Alvarez, así como un excelente ensayo del mismo Solana, sobre la pintora mexicana María Izquierdo (es importante destacar que es Rafael Solana el primero en ocuparse de la obra de esta artista mexicana), además de un maravilloso texto (que he tenido la oportunidad de leer varias veces) del oaxaqueño Andrés Henestrosa, que lleva por título: Retrato de mi madre. En el primer número de Taller, también aparecen algunos poemas inéditos de García Lorca, con ilustraciones de José Moreno Villa.

En el número dos de la revista que apareció en abril de 1939, a pesar de que la publicación se había anunciado al nacer, como mensual, colaboraron Efrén Hernández, José Revueltas y Quintero Alvarez con algunos poemas; Octavio Paz y Rafael Solana, sólo aparecieron como autores de notas. Del español Juan Gil Albert, que recién llegaba a México con la inmigración española, se publicó en forma separada A los sombreros de mi madre y otras elegías.

 

En los dos siguientes números, el tres y el cuatro, el nombre de Solana, sigue apareciendo como uno de los editores principales. Es importante señalar que en la tercera edición de Taller, aparecen el Diario, epígrafes y apuntes de la novela La educación de los sentidos de don Rafael, además de dos de sus poemas titulados Mississippi, dedicados a Octavio Paz desde Argel, en mayo de 1939.

Es justo dejar bien claro que Rafael Solana, es quien logra aglutinar en sus dos revistas Taller poético y Taller de forma fraternal, una comunidad de artistas, que pese a los problemas “técnicos” del lenguaje poético, y que constituyó una de las preocupaciones centrales, sin embargo jamas vieron a la palabra como un mero “medio de expresión”, ya que al contrario se transformo en una verdadera actividad personal que les permitiera afirmar al poema como un acto o afirmación vital, en relación con su realidad. Es decir (como ya lo había señalado) la poesía de Taller (no dejemos de lado la prosa) está orientada hacia el hombre como una participación de la realidad, sin que como lo logra Solana en Taller poético, se vulgarice.

Modificar o analizar la conducta del hombre, ha sido una de las constantes que podemos observar a lo largo de la historia de la literatura universal, sin embargo, los miembros de la generación de Taller, más seguros de su realidad artística, crean una poesía sin falsos imperativos sociales.

Lo anterior para mi gusto, y en comparación a la generación anterior a la de Taller, parte de la influencia que se da por la Guerra Civil Española, recordemos que la mayoría de estos jóvenes mexicanos que se agrupan en torno a esta nueva revista, son de ideas de izquierda y que además asisten (algunos de ellos) como delegados  a Madrid y Valencia para manifestar su apoyo a los republicanos en 1937. Y es además cuando Paz (uno de los delegados), escribe su poema de intención profética ¡No pasaran!, el cual junto con Piedra de sol, para mi gusto, son los más bellos y mejores poemas del ensayista  Octavio Paz.

Las relaciones de esta generación con la precedente (la de Los Contemporáneos) aunque de forma, tal vez ambigua en algunos momentos (recordemos que en cierta forma a las dos las une la soledad frente a una indiferencia de su medio, no pocas veces transformada en hostilidad) viene de la coincidencia en los gustos y preferencias estéticas. Recordemos que Octavio Paz es un escritor que se encuentra allegado a Jorge Cuesta, mientras que Rafael Solana, encuentra una identificación con el poeta Jaime Torres Bodet.

Los jóvenes de Taller, si bien heredan la modernidad de Los Contemporáneos, la gran mayoría de ellos no tardaron en modificar por su cuenta esa tradición con nuevas lecturas e interpretaciones. Se deja ver en estos jóvenes, una impaciencia ante la frialdad y la reserva con que la nueva generación veía a las luchas revolucionarias mundiales y a su velado desvío ante la potencia que según ella, “encarnaba el lado positivo” de la historia, la antigua Unión Soviética.

Es importante decir, que los miembros de Taller, nunca denostaron a los poetas y escritores de Contemporáneos, y estos no fueron reivindicados  por los integrantes de Tierra nueva. No hubo enemistad entre Taller  y Tierra nueva ni entre Taller  y Contemporáneos. Salvo, Efraín Huerta, que los atacó varias veces (nunca en Taller) en El Nacional, periódico al que fueron a refugiarse la gran mayoría de los miembros de Taller.

Fue el escritor Rafael Solana, quien gracias a su nobleza y visión de literato e impulsor de un periodo fundamental de la historia de nuestra literatura, permitió, con la creación de sus revistas Taller poético y Taller, el surgimiento de escritores (entre ellos él mismo) que lograron brillar con luz propia y modificar el rumbo y desarrollo de nuestra literatura del siglo XX, y la cual actualmente, adolece de sentido, de rumbo, de realidad y verdadera calidad literaria.

 

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