En voz de Vargas Llosa

Sección:Cultura, Cultura en México Fecha:7 mayo, 2011
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Vicente Francisco Torres

A raíz del Premio Nobel de Literatura 2010, las obras de Mario Vargas Llosa experimentaron una presencia mayor que la que siempre han tenido en nuestras librerías. Incluso sus lectores, para reflexionar sobre las razones que le dieron el mayor galardón de las letras hemos revisado los materiales que lo acompañan en el librero: entrevistas, ensayos periodísticos, libros académicos pero, entre tal abundancia, destaca un libro-entrevista que, con el título de El buitre y el ave fénix (Anagrama, 1972), preparó el escritor colombiano Ricardo Cano Gaviria. Si consideramos la producción de Vargas Llosa en su conjunto, veremos que es un libro temprano pero que surgió ante la importancia que ya habían logrado Los cachorros, La ciudad y los perros, Conversación en la catedral y La casa verde. Pantaleón y las visitadoras era un proyecto que no tomaba cuerpo todavía.

A pesar de la juventud del autor, ya tenía claras las convicciones que animaban, y seguirían definiendo, sus convicciones ante la literatura y el proceso creador.

Si bien Gaviria se toma muy en serio aquello de que la entrevista puede ser un ensayo al alimón y hace preguntas kilométricas y comentarios que nos privan de la voz de Vargas Llosa, éste logra desarrollar algunos temas como la utilidad de la biografía para iluminar una obra, cosa que él mismo ejemplificó en su hermoso libro La utopía arcaica, que versa sobre la vida y la producción literaria de José María Arguedas. Su distinción entre críticos practicantes y críticos críticos (los primeros son los escritores que, con su experiencia creativa, pueden hablar de las obras desde un punto de vista privilegiado, mientras los segundos son los ensayistas que ven las obras literarias desde un punto de vista externo), así como su idea de lo que llamamos el talento literario (que para él no es más que voluntad y perseverancia, pero acicateadas con una pasión que no admite más disyuntiva que la de ser escritor y vivir todos los días para la literatura) son verdaderamente esclarecedoras y útiles para los ensayistas y académicos que se afanan en entender y explicar las obras literarias.

La generación del boom, como sabemos, representó un salto cualitativo de la literatura latinoamericana, pero no sólo en lo que a la narrativa se refiere, sino al conjunto de ensayos que esos mismos narradores escribieron para explicar no sólo su trabajo, sino lo que estaba pasando en la narrativa del momento. De aquí que sea tan relevante que un novelista de su talla hable de la importancia de la biografía, o reitere que la realidad es la fuente de toda la literatura, hoy que se estilan ya no digamos los análisis pleonásmicos, sino las autopsias que, en lugar de iluminar un libro, lo convierten en algo poco atractivo.

La idea que animó el hoy marginado libro sobre García Márquez (Historia de un deicidio), ya estaba aquí, y no en agraz, sino esperando ser aplicada al estudio de la obra del gran Gabo: el novelista siempre aspira a suplantar a Dios, a crear un mundo ficticio que rivalice en complejidad con el real, con el que hizo Dios, aunque de esto resulte siempre la impresión de no haberlo logrado, para volver a intentarlo y mantener así la vocación del verdadero artista.

Consecuente con el tipo de obras que había escrito en el momento en que Gaviria lo entrevistó, Vargas Llosa pudo decir que “es en el dominio de la forma donde realmente se juega todo en literatura”. Si la sensibilidad, la disciplina y la cultura de un escritor no encuentran la forma adecuada para consumar la obra, ésta parecerá inverosímil, superficial, torpe e inatractiva. Y, fiel a este principio que también pondera la calidad y propiedad de un lenguaje, nuestro autor hace declaraciones que bordan sobre la literatura, pero se acercan también al aforismo: “La novela es un género envenenado de humanidad. La imperfección es característica de lo humano; lo perfecto es sólo atributo de la Naturaleza o de Dios”.

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